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miércoles, 18 de noviembre de 2009

Un poco de historia cercana (Por Salvador Marín Hueso)


Una joyita rescatada de El Avisador malagueño de 1.882.

“Más de treinta años hacía que no salía en procesión la venerada imagen de la Vera Cruz en la noche del Jueves, merced al celo del capellán de la iglesia de la Concepción don Joaquín Valladares, y al entusiasmo religioso de la respetable cofradía, se ha verificado este acto, que recuerda la majestuosa solemnidad y lujo que era proverbial en esta asociación. Conmovedora fue la salida del Señor, contribuyendo mucho a ello los acordes de la marcha real, y el sin número de luces de bengala, de las cuales se quemaron treinta y seis durante la carrera.

La imagen iba sobre un magnífico trono restaurado al efecto, sostenido por ocho hermosos ángeles, y alumbrado por veinticuatro luces, colocadas en elegantes guardabrisas sostenidas por pies de metal dorado. La Cruz o Sudario llenaba cumplidamente el objeto de dar más brillantez al acto, así como las dos lujosas túnicas encarnadas con escudo verde, y las dos verdes con escudo encarnado que vestían los niños que acompañaban al guión y precedían al trono. Los cofrades vestían todos túnicas, y dieron, durante la carrera, inequívocas pruebas de su religiosidad y devoción. Acompañaban la banda municipal, y escolta de Borbón.

De sentir es que las muchas cofradías que hay en esta capital, y cuyas imágenes no salen en procesión tantos años ha, contando quizá con más elementos que la que mencionamos, no imiten su laudable ejemplo, estimulándose en un asunto que no sólo es religioso, sino de interés para Málaga en más de un concepto”.

El Avisador Malagueño, Domingo de Resurrección 1882

martes, 4 de agosto de 2009

La crucifixión y el símbolo de la cruz (I)

"Cuando llegaba cerca de aquella encrucijada vi que hacia mí venían un heraldo y un hombre que montaba en un coche de potros cual tú dices; y el que venía delante y el anciano mismo quisieron apartarme por la fuerza del camino. Yo golpeé con ira al que me echaba fuera, al cochero, y al verlo el viejo, aguardando a que pasara, me clavó desde el coche su aguijón de dos púas en mitad de la cabeza. No sufrió igual castigo, pues al punto le golpeé con mi bastón y, rodando del coche, cayó en el suelo boca arriba. Luego di muerte a los demás. Si aquel extranjero tiene que ver algo con Layo, ¿Quién es más desdichado que yo? ¿Quién más odiado por los hombres?" (Edipo Rey de Sófocles)

La crucifixión: algunos autores sostienen que el tormento de la crucifixión era antiguo entre los romanos, y que se remontaría a la época mítica de los reyes de la cual tenemos noticias poco fiables. Incluso se ha llegado a afirmar que las XII tablas harían alusión a la crucifixión. Otros autores piensan por el contrario que los romanos no practicaron este modo de ejecución hasta después de las guerras púnicas, pues lo heredaron de los cartagineses derrotados, los cuales, al igual que griegos y fenicios, lo habían tomado de los persas. Así que la crucifixión podría tener un origen oriental.

Cicerón en su discurso In C. Verrem (Contra Verres) que data del año 70 a. C hizo una descripción impactante de cómo se llevaba a cabo una crucifixión calificándola de cruelísimo y terrórifico suplicio. Según el testimonio del orador la crucifixión se aplicaba sólo a los esclavos (Cicerón denomina a la crucifixión como el suplicio más cruel y supremo, propio de los esclavos), pues el que un ciudadano libre muriera de esta manera era considerado una impiedad contra los dioses y una afrenta a la República. Verres, sin embargo, mandó crucificar a un ciudadanos romano, Gavio:

"Aguardaban todos a dónde llegaría por fin o qué haría, cuando, de repente, manda que se aprese al hombre y que se le desnude y se le ate en medio del foro y que se saquen las varas. Gritaba aquel desdichado que era ciudadano romano, del municipio consano, que había servido con Lucio Recio, un caballero romano muy ilustre con negocios en Palermo, por el que Verres podía enterarse de estos datos [...] A continuación, ordena que se le azote con gran fuerza por todos los lados. Estaba siendo machacado con varas en medio del foro de Mesina un ciudadano romano, jueces, mientras en medio del dolor y del crepitar de los golpes ningún gemido, ni otras palabras de aquel desgraciado se oía sino ésta: 'Soy ciudadano romano'. Con esta mención de su ciudadanía pensaba que alejaría todos los golpes y expulsaría de su cuerpo la tortura. No sólo no logró apartar la violencia de las varas, sino que mientras imploraba con más insistencia e invocaba el título de su ciudadanía, se le preparaba una cruz, una cruz, repito, al infeliz, al desdichado, que nunca había visto locura semejante." (Contra Verres V, 161 y 162)

Por otra parte, según nos cuenta Flavio Josefo en su Guerra de los judíos, sabemos que la crucifixión también se empleó por las autoridades romanas para ejecutar a los que se levantaban contra su poder, especialmente a los palestinos. En 2, 7 leemos que Vero, gobernador de Siria crucificó a dos mil judíos tras flagelarlos sin piedad. Por tanto, para que una persona libre sufriera el castigo de la crucifixión debía haber cometido un crimen demasiado vil a los ojos de los romanos, como era el crimen de sedición o la violación de una vestal. De los testimonios de Cicerón y de Flavio Josefo se pueden deducir dos cosas: primero que es improbable que Pilato ordenara crucificar a Jesús (como afirman Marcos y Mateo) o permitiera hacerlo a los judíos (como afirman Lucas y Juan). Y ello es así porque Jesús no era un esclavo; Cicerón alude a la crucifixión como servile supplicium (suplicio propio de esclavos). Y también porque a los ojos de un romano el que un galileo fuera acusado de blasfemia por sus compatriotas judíos era una minucia. En Juan 19, 4 leemos que Pilato tras mandar flagelar a Jesús lo vuelve a mostrar ante la turba de los judíos y afirma que no halla ningún crimen en Él. Finalmente es imposible que los judíos aceptaran la invitación de crucificarle ellos mismos que les hizo Pilato (Juan 19, 6), ni tan siquiera que aceptaran este castigo para Jesús pues en Levítico 24, 15 y ss encontramos este precepto de Yavé:

"Quienquiera que maldijere a su Dios llevará sobre sí su iniquidad; y quien blasfemare el nombre de Yavé será castigado con la muerte; toda la asamblea lo lapidará. Extranjero o indígena, quien blasfemare el nombre de Yavé, morirá."

La pena que cualquier judío conocedor de las leyes de Yavé hubiera impuesto para Jesús habría sido la lapidación, pues Jesús, al arrogarse el ser Hijo de Dios, rompía con la unidad divina, y esto era una blasfemia para los judíos. Así lo entendieron los autores del Talmud, comentario judío acerca de la ley de Moisés compuesto entre los siglos II y V después de Cristo. Posiblemente estos autores leyeron los evangelios, pero como eran judíos y conocían bien la ley de Dios, no entendían cómo era posible que Jesús fuera crucificado y no lapidado. Así que al comentar lo que contaban los evangelios adaptaron y remedaron el texto evangélico de la siguiente manera:

"La víspera de Pascua colgaron a Jesús y el heraldo estuvo ante Él durante cuarenta días, diciendo: Va a ser lapidado, porque practicó la brujería y la seducción, y conducía a Israel por el mal camino. Todo el que pueda decir algo en su defensa, que venga y lo defienda. Pero no hubo nada que pudiera esgrimirse en defensa suya, y lo colgaron la víspera de Pascua." (Sanhedrín 43a. baraita.)

En este relato es evidente la poca armonía que hay entre ese "colgamiento" que sufre Jesús, que era sin duda la crucifixión narrada en los evangelios, y la lapidación que anuncia el heraldo. Los autores intentaron conjugar ambos elementos para intentar dar coherencia al relato evangélico, pero no lo lograron. El que los autores evangélicos narraran una crucifixión y no una lapidación, que era realmente la pena que debió de sufrir Jesús, sólo es explicable por el alejamiento cultural que los evangelistas tenían ya de sus raíces judías. Recordemos que estos autores eran judíos de la diáspora causada por la destrucción de Jerusalén en el año 70 d. C. por los romanos.

En segundo lugar, también deducimos que gracias al testimonio de Flavio Josefo es fácil saber de dónde sacaron los evangelistas el modelo en que basarse para la crucifixión de Jesús, en este caso modelo histórico (pues el literario fue el libro de Isaías y los Salmos): dos millares de palestinos sufrieron al igual que el Cristo el suplicio de la flagelación humillante y su posterior crucifixión. El mito de Jesús, el ropaje del Cristo de Pablo, fue un tributo a esos mártires judíos por parte de los primeros evangelistas.

La formas que tenían las cruces utilizadas por los romanos eran variadas. En su origen se limitaba a un simple madero clavado en el suelo donde se ataba al condenado. Luego su diseño se complicó añadiéndole la horca (furca) que era colocada en la espalda del criminal atándole los brazos en los dos extremos. Al ser levatando el criminal la furca encajaba en el madero clavado al suelo. También la cruz podía tener forma de T, y entonces se le denominaba crux commisa o crux capitata. El travesaño superior se llamaba patibulum. Finalmente los romanos utilizaban con menos frecuencia que las anteriores cruces con forma de X, denominadas cruces griegas. La madera de la cruz nunca era pulida, sino que era el leño tal cual la naturaleza lo había engendrado. No era algo normal clavar las muñecas del condenado, aunque se podía hacer. Por su parte, los pies los dejaban colgando, sin atarlos ni clavarlos, y ni tan siquiera colocar debajo de ellos una madera para su apoyo, por lo cual el suplicio debía de ser terrible al dislocarse los hombros o desgarrarse las muñecas por el peso del cuerpo. La flagelación del condenado podía tener lugar antes de que lo crucificaran y después de subir en la cruz; un paño solía cubrir su rostro antes que sus genitales, los cuales quedaban desnudos. No es difícil imaginar el sufrimiento al que estaba expuesto el condenado, y más si pensamos que algunos podían aguantar días subidos a la cruz antes de morir de asfixia debido a la compresión pulmonar.

Cuando Constantino se convirtió al cristianismo abolió la crucifixión en honor de Jesús, y fue entonces cuando la simbología de la cruz redentora empezó a surgir en la mente de los cristianos. Hasta el siglo IV después de Cristo era difícil que los primeros cristianos gustaran de identificarse con el símbolo de la cruz, ya que hasta que fue abolida la crucifixión era uno de las muertes más crueles inventadas por los hombres para ajusticiar a los seres de peor condición social o de conducta execrable.

El simbolismo de la cruz: la cruz es uno de los símbolos más antiguos que ha utilizado el ser humano. En la isla de Creta, concretamente en Cnosos, fue hallada una cruz de mármol que databa del siglo XV a. C. El ser humano en su vida cotidiana tenía contacto con infinidad de instrumentos en forma de cruz necesarios para su supervivencia, como por ejemplo los arados para cultivar, los mástiles de los navíos, el ancla de los barcos e incluso los pájaros volando en el cielo; por ello es natural que la forma de la cruz terminara sugiriéndole simbolismos variados. La cruz es el símbolo humano más totalizador y universal pues está prácticamente en todas las civilizaciones. En las culturas más antiguas la cruz simbolizaba la tierra y el espacio cósmico universal. Estas dos significaciones primordiales terminaron por combinarse: la cruz está atestiguada en muchas culturas como puente de comunicación entre la tierra y el cielo. Algunas leyendas orientales presentan a la cruz como escalera o puente por el que las almas de los difuntos suben a la presencia de Dios. Los templos hindúes tienen forma de cruz, al igual que muchas iglesias cristianas.

Realmente, si analizamos lo que suponen los trazos de la cruz, podremos comprender la fascinación que este icono produjo en las más variadas culturas. Una cruz es la unión en un punto de dos rectas. En su forma más arcaica la cruz tiene cuatro brazos, y por ello se relaciona con el número cuatro. El elemento más importante sin duda de la cruz es el centro, el punto de intersección, que desde la más remota antigüedad representaría a la divinidad creadora. Los brazos de la cruz serían lo creado por esa divinidad transcendente e incondicionada.

Como hemos dicho, el cuatro está relacionado con la cruz. Curiosamente en diversas culturas se denomina a los jefes o reyes como "El dueño de los cuatro mares" o "El jefe de las cuatro partes del mundo", ya que como hemos visto, la cruz significa también el espacio, y éste dividido en cuatro partes. En la religión cristiana, son cuatro los evangelios que narran la vida de Jesús, y no parece ciertamente arbitrario este hecho, y más si pensamos que son tres evangelios sinópticos y un cuarto, el de Juan, que en casi nada se parece a los anteriores. Todo ello sugiere que la lucha por incluir el texto de Juan entre los evangelios canónicos que hubo en el Concíleo de Nicea se inició debido al deseo de muchos de respetar el simbolismo del cuatro y de la cruz. Igualmente están escritos en cuatro libros los Vedas, libros sagrados de los hindúes. Y ello es así porque el dios Bhrama, creador del Universo, tenía cuatro cabezas con cuatro bocas que pronunciaron cuatro palabras: cada uno de los cuatro Vedas. Por otra parte podemos recordar un ejemplo mucho más cercano, el cual vivimos todos los años y está relacionado con el número cuatro, la cifra de la cruz. Tenemos cuatro estaciones a lo largo del año, y en las culturas católicas en cada uno de los dos solsticios y de los dos equinocios se ha establecido una fiesta diferente: Navidad, Pascua, nacimiento de Juan el Bautista y la fiesta de San Miguel o las romerías de la Virgen en otros lugares. De nuevo el número cuatro y la cruz en nuestra vida más cotidiana.

En Egipto era muy común la cruz ansada entre las divinidades más importantes. Su significado era un presagio de millones de años de vida futura, es decir, la eternidad. La cruz ansada era un atributo de la diosa Isis; gran parte de las divinidades egipcias aparecen portándola en la mano como símbolo de vida eterna y divina. Cuando en el arte egipcio aparece un mortal con ella en la mano, este hecho sugiere el deseo de esa persona de una vida eterna en compañía de Isis y Osiris después de la muerte. Así mismo tenemos noticias de que en algunos templos egipcios el iniciado era acostado en una cama con forma de cruz, y que también el signo de la cruz se aplicaba sobre la frente de éstos y de los faraones para protegerles.

En el mito griego de Edipo la cruz aparece oculta en la encrucijada de caminos donde Edipo mata a Layo, su padre, sin saberlo, según la tragedia Edipo Rey de Sófocles. Aquí la cruz tiene un significado de destino, en este caso destino determinado por los dioses, pues la pitonisa de Apolo profetizó a Edipo que mataría a su padre y se casaría con su madre irremediablemente. El nombre de Layo, padre real de Edipo, empieza por la letra lambda en griego, cuya representación pictográfica son dos rectas que se cruzan en un punto, y que si continuaran formarían una cruz. Es curioso también que Layo en griego significa zurdo, y es precisamente por la izquierda del camino por donde Edipo no puede seguir caminando y se ve obligado a dar muerte a ese desconocido que resultó ser su padre.

Según Tertuliano (praescr. XL) en los misterios de Mitra al candidato al grado de iniciación llamado miles (el soldado) se le marcaba en la frente con un signo que desconocemos, pero que muchos se han atrevido a aventurar que podría tratarse de una cruz. Y ello es así porque este ritual recuerda mucho a lo que hacen los sacerdotes católicos con los fieles el Miércoles de Ceniza: les marcan con ceniza una cruz en la frente para recordarles que del polvo vienen y a él volverán. Podría ser que el Miércoles de Ceniza católico fuera un recuerdo de aquel grado de iniciación mitraísta, y que al igual que el iniciado de Mitra se preparaba con la cruz para ser soldado de Mitra, así también el iniciado de Cristo se prepare para la Semana Santa, la pasión y resurreción de su Dios, convirtiéndose así en unsoldado de Cristo, según las palabras del apóstol Pablo.

En áfrica está atestiguada la cruz simbolizando la totalidad del cosmos, la carrera del sol, el destino del hombre, en tanto que encrucijada como en Grecia, y la unión entre el ser humano y la divinidad.

Incluso en el Nuevo Continente la cruz adquirió un simbolismo religioso en la mente del hombre. Los aztecas asimilaban la cruz a la totalidad del cosmos, y también creían que la cruz era el dios Xiuhtecutli, patrón del fuego del universo.

Con respecto al cristianismo se puede decir que, tras el concíleo de Nicea y la abolición de la crucifixión como modo de ejecución por Constantino, los cristianos heredaron gran parte del riquísimo simbolismo que la cruz había adquirido a lo largo de la historia religiosa de la humanidad. Los cristianos tenían un campo fértil, los evangelios, para plantar el simbolismo de la cruz. Pero es de notar que en los principios del cristianismo, cuando todavía eran una secta perseguida por los romanos y la crucifixión estaba en vigor, la cruz estuvo ausente en el mundo de representaciones cristianas. Y ello por el horror que suponía para cualquier romano mostrar a un dios salvador ajusticiado como el más vil de los criminales. El sentido trágico de la crucifixión fue la nota dominante hasta la era de Constantino, y no se hizo alarde de la cruz, tormento ignominioso, sino que más bien se escondió a los ojos de los no iniciados e incluso entre los cristianos mismos. La arqueología ha respaldado esta teoría que explica la falta de cruces en los primeros siglos del cristianismo a pesar de que los evangelios contaran la crucifixión de Jesús: en el Palatino se ha encontrado un grafitti hecho por un romano del siglo II el cual representa a un hombre con los brazos en cruz y cabeza de burro. Bajo este desconcertante dibujo se puede leer una inscripción que dice: Alexámeno adorando a su Dios. Se cree que esta representación sería un claro ataque contra los cristianos que se atrevían a decir que adoraban a un Dios crucificado. Otros, sin embargo atribuyen a este dibujo un carácter gnóstico.

Los primeros cristianos en el siglo II se daban a conocer entre ellos utilizando símbolos diversos que no eran cruces: uno de ellos era el conocido pez, que en griego se escribe Ixzus. Esta palabra sería el acrónimo de Iesous Xristos Zeou uios soter, que en griego viene a significar Jesucristo hijo de Dios salvador. Como vemos, en este símbolo antiguo no hay la más mínima referencia a la cruz.
En muy contadas ocasiones vemos una T o una X dibujada en ambientes cristianos, y según los estudiosos no se puede saber si esos signos se referían a la cruz como sacrificio y redención del hombre. Todo hace pensar que no, pues en el siglo II todavía estaba en vigor la crucifixión, y el crucificado era digno de vituperio. Estas cruces suelen estar disimuladas en otras formas, como por ejempo un ancla o el mástil de un barco.
Una vez abolida la crucifixión como método de tortura y muerte, los sarcófagos de los primeros cristianos empezaron a ser adornados con crismones a partir del siglo IV, que eran escudos consistentes en las dos primeras letras griegas de la palabra Cristo (X y P) entrecruzadas. Una variante más antigua de crismón es el compuesto por las letras griegas I y X, iniciales respectivas del nombre griego Iesous Xristos. También estas dos letras se cruzaban dando lugar a una cruz de seis brazos. Curiosamente este crismón más antiguo está basado a su vez en un símbolo usado desde la antigüedad más remota que igualmente era una cruz de seis brazos. Como hemos dicho anteriormente el centro de la cruz era la divinidad, lo incondicionado y cada uno de los brazos era la creación de esa divinidad. Entre los judíos la cruz de seis brazos simbolizaba la creación del mundo en seis días por Yavé, ya que al séptimo descansó. Muy probablemente los cristianos tomaron prestado este símbolo judío y lo cristianizaron reinterpretando los elementos de la cruz, al ver en ella la I y la X cruzadas. Los crismones podían estar encerrados en cuadrados o en círculos, ya que estas dos figuras geométricas simbolizaban desde muy antiguo la tierra y el espacio cósmico. En la India el símbolo del no ser, utilizando los términos de Platón, es decir, de la vida cambiante, de lo condicionado a la corrupción, es un círculo de cuyo centro parten ocho brazos. Los hindúes denominan a la realidad cambiante y perecedera samsara. Éste símbolo seguramente tuvo su origen en las ruedas de las carretas, las cuales daban tantas vueltas y variaban tanto su posición como el devenir de la vida misma. Recordemos que Heráclito afirmaba que una persona nunca se podría bañar dos veces en el mismo río. El símbolo del samsara fue adoptado por los budistas que lo reinterpretaron: para ellos los ocho brazos de la cruz simbolizaban cada uno de los caminos del óctuple sendero que había predicado Buda para lograr la iluminación. El cristianismo se inspiró en el símbolo budista y creó los primeros crismones de corte grecojudío encerrados en círculos. La primera foto es el símbolo del samsara para los hindúes. La segunda es un crismón. Recuérdese que entre los griegos era muy habitual la cruz de seis brazos, mientras que entre los hindúes la cruz de ocho.

jueves, 12 de febrero de 2009

El culto a la Cruz

El culto a la Cruz es consustancial al cristianismo. Es la señal del cristiano. En el culto al Lignum Crucis se encuentra el fundamento de las Cofradías Cruceras.

En la antigüedad se presentaba la Verdadera Cruz o Vera+Cruz del Salvador en Jerusalén a la presencia de multitud de peregrinos llegados de todas las partes del orbe. Perdida dicha reliquia en el año 614 por el saqueo realizado por los persas a Jerusalén, fue recuperada por el emperador Heraclio en el año 628. Los cristianos de Jerusalén veneraban en el mismo Calvario la Cruz del Redentor, besando la sagrada reliquia. Muy pronto les imitaron los cristianos occidentales, venerando las reliquias de la Vera+Cruz que habían logrado adquirir, hasta que la Iglesia, adoptando esta costumbre, introdujo su práctica de veneración de la Cruz en la liturgia del Viernes Santo.

Pocas semanas después de la conquista de Jerusalén el día 5 de agosto de 1099 una parte de la Vera Cruz fue redescubierta. Siglos antes había sido allí mismo donde se creía que la madre del emperador Constantino, santa Elena, encontró un gran trozo del madero donde fue crucificado Jesús de Nazaret. Entre los cruzados y peregrinos que volvieron a sus países con una reliquia del Lignum Crucis hubo monarcas y altos dignatarios, algunos de los cuales obsequiaron con ella a diversos monasterios, y tanto las reliquias como sus receptáculos fueron puntos de cristalización de la devoción popular. Un estudio comparativo de la Vera Creu d’Anglesola con otros relicarios coetáneos ha mostrado que ésta fue fabricada efectivamente en Jerusalén en la segunda mitad del siglo XII. Y parece verosímil que fuera llevada a Urgell por los mismos canónigos del Santo Sepulcro. Resulta pues cada vez más evidente que la advocación y la reliquia del santo Lignum Crucis o de la Santa Vera Cruz no son fenómenos anteriores al siglo XII en la Península Ibérica, si se deja bien claro de una vez por todas que una cosa es la leyenda o la tradición de la antigüedad de un culto y otra bien distinta los documentos históricos que refrendan su existencia real o no.

En la Baja Edad Media se difundió y desarrolló el culto a la Santa Vera+Cruz, ya hemos reseñado anteriormente las asociaciones de Disciplinantes de la Cruz de Italia [véase la entrada Origen y evolución de las Hermandades de penitencia (I)].

Pero en España, esta devoción está documentada desde el 15 de marzo de 1208, en que es consagrada una iglesia bajo la advocación de la Santa Vera+Cruz en las afueras de Segovia. Esta iglesia pertenecía a los Templarios, los cuales pudieron traer una reliquia del Lignum Crucis de Tierra Santa, ya que el Papa Honorio III le concede la reliquia y confirma su autenticidad por bula otorgada en 1224.

La devoción a la Vera Cruz a través de fragmentos de madera convertidos en reliquias es un precedente lejano del siglo XII de lo que mucho tiempo después a partir del siglo XIV fue la institucionalización colectiva de dicho culto en forma de cofradías. La Vera Cruz, el Santo Grial y la Sangre de Cristo constituyen tres reliquias íntimamente relacionadas entre sí. Hacia finales del siglo XIV y principios del siglo XV así lo demuestra el quehacer de la propia monarquía aragonesa cuando las transmite a la catedral de Valencia inseparablemente porque las tres convergen en el mismo culto a la Santa Cruz y a la Pasión de Cristo.

Es en el siglo XIV cuando esta devoción cobra mucho mayor auge, haciéndose presente su invocación en los mismos documentos oficiales. En las Cortes de Burgos de 1315 se termina jurando: "e juramos a Dios e a la Virgen Sancta María e a la Vera+Cruz e a los Sanctos Evangelios". Igualmente, en las Cortes de Carrión de 1317 la reina, doña María de Molina, jura a la Santa Vera+Cruz.

En 1326, el infante don Juan Manuel lucha y vence a los moros cerca de Antequera, previamente invocó:

"Señor, miembresete de mi e de los christianos que aqui son ayuntados por loor e reverencia de la Sancta Vera+Cruz en que Jhesu Christo tomo muerte e pasion en el Monte Calvario".

Por las citas comprobamos cómo la devoción a la Santa Vera+Cruz estaba profundamente arraigada en el sentir de la época, difundiendo su devoción a las tierras que se iban conquistando.

Las cofradías actuales, sean de la advocación que sean, están obsesionadas por ser las más antiguas en su género. A veces sus cronistas proclaman orígenes medievales donde no los hubo y se apuntan fechas fundacionales que no están documentadas. El historiador profesional que se acerca a estas instituciones para estudiar su pasado debe comenzar por desmitificarlo, separando lo que está inventado de lo que está documentado.

En los reinos hispánicos de la Edad Media, diversas devociones sobre la Cruz y la Sangre de Cristo revitalizadas por el fenómeno de las Cruzadas y el ideal de la Reconquista pasaron a integrarse a partir del siglo XIV en cofradías penitenciales bajo la advocación de la Vera Cruz. El fenómeno se completó a partir del siglo XVI cuando proliferaron en España otras cofradías dedicadas a la Sangre de Cristo que eran muy parecidas en líneas generales a las de la Vera Cruz, hasta el punto de poder afirmarse, en efecto, que ambos tipos de entidades convergen en el origen de la Pasión o de la Semana Santa bajo dos advocaciones diferentes que incluso muchas veces aparecen unidas.

En su estudio sobre las cofradías de la Vera Cruz en Castilla la Nueva (actual Castilla-La Mancha), la profesora Ángela Muñoz resumía la peculiaridad de este tipo de asociaciones religiosas a partir de los siguientes componentes: orientación cristocéntrica; imágenes de Cristo crucificado, fiestas específicas (Jueves Santo, Viernes Santo, Invención de la Cruz el 3 de mayo, Exaltación de la Cruz el 14 de septiembre, Triunfo de la Cruz el 16 de julio, Resurrección, Corpus Christi); disciplina y procesiones penitenciales con flagelación; distinción entre cofrades de la disciplina o de la sangre y cofrades de la luz que no participaban en la disciplina al igual que las mujeres porque estaban excluídas desde el principio. Es curioso que el título de la Vera Cruz para estas cofradías de Castilla la Nueva aparece con no poca frecuencia asociado al de la Sangre de Cristo y en una proporción considerablemente inferior se registra el título de la Sangre de Cristo por sí solo.

En el antiguo Reino de Aragón, según Germán Navarro Espinach (Universidad de Zaragoza), la más antigua de todas es la de la Vera Cruz de Xàtiva. El documento referido no es el acta fundacional de la cofradía sino una segunda confirmación posterior a cargo de Pedro IV, fechada en Zaragoza el 25 de octubre de 1381. Esta entidad se creó por un privilegio de la reina Leonor de Castilla, otorgado en la ciudad de Zaragoza el 21 de octubre de 1333.

La reina Leonor de Castilla, en calidad de señora feudal de Xàtiva, instituye una cofradía bajo la invocación de Nuestro Señor Jesucristo, la Virgen María y la Santa Vera Cruz con el objetivo de que en ella se hagan penitencias, limosnas y obras de caridad y de misericordia. Entre 1333 y 1381 dicha cofradía fue dotada de muchos otros singulares privilegios, gracias, inmunidades, indulgencias y favores por parte tanto de la monarquía como de la iglesia.

Manuel Benítez ha puesto de manifiesto el caso de la cofradía de ciegos de Valencia que en las ordenanzas del año 1329 aparecía bajo el título de la Virgen María, mientras que en los capítulos solicitados en el año 1407 se encontraba bajo el signo de la Vera Cruz.

En estos mismos capítulos se solicitaba cambiar la fiesta anual de la cofradía que era los octavos de Pascua florida a la fiesta de la Exaltación de la Cruz del 14 de septiembre. No resultaría extraño que los ciegos valencianos decidiesen cambiar su advocación a la Vera Cruz al escuchar los sermones de san Vicente Ferrer. Precisamente, en el sermón que predicaba el 14 de septiembre –festividad de la Exaltación de la Santa Cruz y fiesta patronal de la cofradía de ciegos– contaba cómo al principio la Santa Vera Cruz era menospreciada por los infieles, pero después fue muy honrada, sobre todo por los muchos milagros que acontecieron con ella, entre otras cosas porque iluminaba a los ciegos (que il luminava los cechs).

En Zaragoza se ha documentado en 1360 la presencia de una cofradía de la Santa Cruz adscrita a la iglesia parroquial del mismo título. En la parroquia de Santa Engracia en 1394 también existía una cofradía de la Crucifixión del Señor y Santa María55. Sin embargo, fray Roque Alberto Faci da una noticia importantísima sobre la existencia de una cofradía de la Vera Cruz distinta a las anteriores al hablar de las reliquias de la Santa Cruz que se conservaban en el Aragón de su época. La primera reliquia que cita es la que se veneraba en el convento del Carmen de Zaragoza, una preciosísima porción del Lignum Crucis regalada junto con otras reliquias por la reina doña María, esposa de Alfonso V el Magnánimo. La reina fue benefactora del convento y llegó a celebrar en su edificio las cortes de
1441:

“A devocion, y con titulo de esta Santisima Reliquia se fundo en dicho Convento la Antigua Cofadria de la Santa Vera Cruz, y se hacia Procesión de la disciplina, cuyos Cofadres eran los mas Nobles de Zaragoza: consta de las memorias antiguas del Convento, y Bulas de la Cofadria, y lo noto todo el Padre Murillo, en las Excelencias de Zaragoza”.

La fecha de la entrega es de 1450 según documenta como testigo ocular el mismo padre Faci, puesto que la reliquia fue entregada por la reina al convento engastada en una cruz grande de plata sobredorada que en el año 1652 fue restaurada, y que el 21 de abril de 1724 él mismo pudo ver la inscripción que contenía debajo del pie de dicha cruz:

DONA FUERE HUIC. FAC. CAR. CAENOB. PRO AMOR. PIGNO. MAG. A.
REGINA ARAGO. MARIA, ALFON. REG. SPON. ANNO 1450.

Según Faci, la cofradía de la Vera Cruz de Zaragoza celebraba sus fiestas el 3 de mayo y el 14 de septiembre con gran solemnidad, y quizás los excesos en gastos acabaron por consumir la hermandad y toda su grandeza.


En Sevilla, desde el 9 de mayo de 1448, aparece constituida como primera Hermandad penitencial la de la Santa Vera+Cruz, que desde 1468 practicaba la disciplina el Jueves Santo y cuyas Reglas fueron aprobadas el 22 de febrero de 1501 por don Fernando de la Torre, Provisor del Emmo. Sr. Cardenal Arzobispo de Sevilla, don Diego Hurtado de Mendoza.

Durante la segunda mitad del siglo XV comienzan a fundarse las cofradías de la Santa Vera+Cruz, en la mayoría de los casos de la mano de los franciscanos. Estas Cofradías procesionaban en la noche del Jueves al Viernes Santo con una simple cruz o crucifijo, llevado por un clérigo, con gran número de hermanos disciplinándose. Eran procesiones serias, austeras, devotas y penitentes, sin lujo ni boato alguno, saliendo de sus capillas, ermitas u hospitales, se dirigían por caminos y veredas hasta el campo, donde generalmente había un humilladero con una Cruz. Los cofrades iban revestidos de una túnica de lienzo blanca, la cual dejaban caer hasta la cintura los disciplinantes. Al regreso a la ermita u hospital los "hermanos de sangre" se lavaban sus heridas con pócimas y ungüentos que previamente se habían preparado en unas calderas, palanganas o "bacías de lavar los hermanos", expresión que aparece en los textos.

La devoción a la Sangre de Cristo, muy extendida en los siglos XV-XVI, pudo influir en el cambio del culto a la Santa Cruz, dejando de verla como la Cruz gloriosa donde Cristo vence, para convertirse poco a poco en la Cruz dolorosa en la que Cristo muere. En suma, sin negar la divinidad de Jesucristo, se asiste a la progresiva humanización de su figura, especialmente a partir del siglo XIII de la mano de autores como San Francisco de Asís.

Por consiguiente, según Sánchez Herrero, la devoción a la Sangre de Cristo transformará el culto a la Cruz, entendida cada vez más como el lugar donde Cristo ha sufrido su Pasión y ha muerto. Y la aparición de los movimientos de disciplinantes y flagelantes con San Vicente Ferrer en el siglo XV terminará por gestar la eclosión definitiva de las cofradías de la Pasión o de Semana Santa

El arzobispado de Toledo tuvo mucho que ver en la promoción del culto a la Vera Cruz en los reinos hispánicos en los siglos XV y XVI. Me refiero a la figura clave del arzobispo Pedro González de Mendoza (1428-1495), hijo del marqués de Santillana y cardenal desde 1478 adscrito precisamente a la iglesia romana de la Santa Cruz de Jerusalén. La vinculación de su propia imagen a la historia de la invención de la Santa Cruz fue constante desde entonces con atención particular a Santa Elena por ser la descubridora de la Vera Cruz enterrada en el Gólgota.

Entre otras cosas, además de ser fundador del Colegio Mayor de la Santa Cruz de Valladolid, en su testamento determinó la fundación de un hospital en Toledo que debería estar asimismo bajo la advocación de la Santa Cruz, y al cual nombró su heredero universal. Su capilla funeraria en la catedral toledana se dedicó a Santa Elena e, incluso, su famoso terno de terciopelo labrado estuvo dedicado en su parte más importante, el capillo, al descubrimiento de la Santa Cruz. Además, en el bordado de dicho capillo la figura de Santa Elena recuerda algunos de los retratos de la reina Isabel la Católica, de quien el cardenal fue gran colaborador, a modo de identificación de la reina con la santa emperatriz.

El Abad Alonso Sánchez Gordillo exalta esta Cofradía como ninguna otra:

"Después de las Cofradías y devoción al Santísimo Sacramento del Altar (...) entra en este lugar la Venerable Cofradía de la Santa Vera+Cruz, llamada en sus primeros principios de la Sangre por haber sido la primera en que la disciplina pública se hacía (...) y de la que se hizo en esta Ciudad tomaron ejemplo e imitación todos los demás pueblos y ciudades vecinas, de manera que en todos, grandes y pequeños, hay esta devoción".
Y efectivamente esto fue así, pues en 1514, aparece entre otras la de Albaida "que es sostenida por la piedad de sus cofrades". Luego, la existencia de la citada Hermandad data, cuando menos, de la primera década del siglo XVI, aunque con toda seguridad fue fundada en la centuria anterior, pues ya en la fecha citada sus cofrades sostenían el culto con sus propias limosnas y poseían Hospital propio.

Estas hermandades de la Santa Vera+Cruz se vieron favorecidas por multitud de gracias e indulgencias que les otorgaron los papas Julio II, en 1508, y León X, en 1515.

Caso parecido al del cardenal Mendoza, muy devoto de la Santa Cruz, es el de Francisco de Quiñones (1475-1540), general de los franciscanos y también cardenal del título de la Santa Cruz de Jerusalén en Roma.
En el primer tercio del siglo XVI se suscita la controversia sobre la conveniencia de que existieran los disciplinantes en las procesiones y sobre si ello contribuía a la ejemplaridad y fervor que tales procesiones debían ofrecer. La controversia vino a ser resuelta el 7 de enero de 1.536 con una resolución del Papa Paulo III, transmitida de viva voz, vivae vocis oraculo, al Cardenal del título de Santa Cruz de Jerusalén, D. Francisco de Quiñones, por la que el Papa concede importantes gracias e indulgencias a todos los cofrades de la Vera Cruz que asistieren con penitencia o luz en la procesión del Viernes Santo. Esta resolución, recogida por escrito por el Cardenal, fue seguidamente remitida el 5 de febrero a la Cofradía de la VERA CRUZ de Toledo, junto con una carta del Doctor D. Pedro Ortiz, en la que este Doctor explicaba las razones de tales privilegios y daba normas para su disfrute.

Este reconocimiento papal hacia las Cofradías penitenciales de la Santa Vera+Cruz avivó en las ya fundadas su espíritu y devoción, y provocó la fundación de otras muchas bajo la misma advocación.
Posiblemente a raíz de estos hechos, la Hermandad de la Vera Cruz de Sevilla reforma sus Reglas en 1.538, separando los Hermanos de luz y de sangre, pidiendo además copia de estos documentos a la cofradía toledana y Carta de Hermandad con ella, los cuales le fueron remitidos el 15 de mayo de 1.539. Mas, como nuestra Hermandad solía hacer su Estación de Penitencia el Jueves Santo y las gracias y beneficios papales se referían al Viernes de la Cruz, la cofradía sevillana solicita de la Santa Sede el poderlos disfrutar sin cambiar de día, recibiendo la contestación favorable a sus pretensiones.

Un traslado de ese documento en que se concedían dichas indulgencias fue realizado años más tarde, en 1570, por el escribano de la cofradía de la Vera Cruz de Toledo a petición de la cofradía de la Vera Cruz de Requena, fundada hacia 1560. Según José Antonio Díaz, dichas indulgencias y las prácticas generales de culto, disciplina y procesión habían sido adoptadas antes tanto en la cofradía toledana como en la cofradía de la Vera Cruz de la ciudad de Valencia, tal y como se puede ver en el capítulo segundo de las constituciones primitivas de la misma, conservadas originales en su archivo
Desde entonces quedó establecido definitivamente el hacer Estación de Penitencia en la tarde noche del Jueves Santo, saliendo a las diez de la noche y haciendo estación en el Sagrario del Convento de San Francisco, en la Santa Iglesia Catedral y en los templos del Salvador, la Magdalena y San Pablo, recogiéndose alrededor de la una de la madrugada.
Poco después, el 28 de mayo de 1.543, el Superior General de la Orden Franciscana, Fray Juan Calvo, extiende desde Logroño una cédula a favor de todos los cofrades de la VERA CRUZ por la que se hacen partícipes de todos los bienes espirituales y méritos que la Orden ganase por sus buenas obras.
En años sucesivos, los Papas Pío IV y Gregorio XIII conceden nuevos beneficios, gracias e indulgencias a esta Cofradía, lo que hace que, junto con la fama y admiración que despiertan sus cultos y sus numerosas obras caritativas, y el ser una de las más ricas y antiguas de la ciudad, la conviertan en la primera de ellas y en modelo de imitación de cuantas cofradías no dejan de fundarse por toda la región.
En 1.562, mereciendo la Hermandad la admiración, estima y devoción del Rey Felipe II, lo acoge entre sus Hermanos, disfrutando con ello de su protección real.
Las gracias e indulgencias papales y las disposiciones conciliares alentaron aún más la práctica de la disciplina pública, orientándose esta Hermandad hacia este carácter estrictamente penitencial propio y característico de las Cofradías de la Santa Vera+Cruz, lucrándose así de las múltiples gracias concedidas.

En 1561 se produce una reforma de Reglas de todas las Hermandades de esta advocación existentes en el Arzobispado de Sevilla a instancias de don Fernando Valdés quien, así mismo, las aprueba. En la relación de Hermandades aparece la de Albaida.

Ante tal cúmulo de gracias y prerrogativas disfrutadas por la Hermandad, numerosas personas ilustres y principales ingresan en ella, alcanzando tal volumen e importancia el caudal dedicado a sus obras asistenciales que los Oficiales de su Junta resultan insuficientes para su gobierno y es necesario crear una Comisión de Hacienda, aprobándose en 1.565 unas reglas separadas para regular la administración de sus bienes y los cargos de administradores y tesoreros.

Basándonos en el contenido de estas Reglas, podemos configurar la organización, cultos, procesiones, obligaciones y fines de las Cofradías que estudiamos.

Tras el Protocolo inical de constitución de la Cofradía, comienzan las Ordenanzas o Reglas que han de guardar los cofrades:
"En el nombre de Dios e de Sancta María e de toda la cohorte celestial. Porque las buenas obras que los hombres hacen nunca mueren, por ende, nos los cofrades de la Cofradía de la Sancta e Vera+Cruz, así los que ahora somos como los que serán de aquí adelante, establecemos la dicha Cofradía e Hermandad a loor de la Sancta Trinidad, que es Padre e Hijo e Espíritu Sancto, que son tres personas e un Dios verdadero, e a honra e alabamiento de la Virgen Sancta María, Nuestra Señora, e de la Sancta e Vera+Cruz ..."
En el capítulo de cultos y procesiones, se especifica:
"E que hagamos la procesión de disciplina el Jueves Sancto en la noche con asistencia de la Hermandad como es uso e costumbre. E los oficiales de la nuestra Cofradía nombren los cofrades que han de portar las insignias, e que el prioste aderece el Hospital con la mayor decencia, e los alcaldes conviden a los clérigos para el Sermón. E otrosi, que los cofrades tomen la disciplina o iluminen con sus hachas.
E así mesmo establecemos e ordenamos que tengamos una fiesta el día de la Cruz de Mayo, y todo cofrade que fuere en la Villa que venga el día de su víspera, e que vayamos todos a la víspera e que tengamos candelas e que arda el cirio e las candelas desde que comenzaran las vísperas hasta que sean dichas. Y todo cofrade que no fuere siendo sano e muñido que peche media libra de cera. E al otro día a la misa, que arda el cirio e que tengamos nuestras candelas e ofrezca cada uno lo que quisiere. E asista la Hermandad a la procesión general de dicho día de la Cruz. E el cofrade que no fuere que peche la misma pena. E que nos digan los clérigos una vigilia por los cofrades finados, e que arda nuestro cirio e que tengamos candelas desde que comenzare la vigilia hasta que sea dicha. Y el que a esta vigilia no fuere que peche media libra de cera. E al otro día que nos digan los clérigos una misa de réquiem por las ánimas de nuestros cofrades defuntos, que los perdone Dios e a nos traiga a buen fin. E dicha la misa, andemos en procesión al cementerio con los clérigos, e con el cirio e con las candelas, por ánimas de nuestros cofrades e por nuestros defuntos, bien e ordenadamente; y andada la procesión, que volvamos a la nuestra iglesia".
Como hemos reiterado varias veces, la estación penitencial tenía un marcado carácter de austeridad, reflejado incluso en las propias Reglas.

Por los estudios realizados por diversos autores y tratadistas, estaría formada por algunas insignias, un Santo Cristo o Crucifijo portado por clérigos, y los hermanos de luz y sangre. Desde que la Hermandad de la Santa Vera+Cruz de Sevilla incorporara la Imagen de Nuestra Señora en 1536, a imitación de la de Toledo que lo hacía anteriormente, se generaliza esta costumbre en el resto de las Hermandades de esta advocación. Iba en unas sencillísimas andas "sin palio ni cubierta alguna ... ni vestidos de brocado de color, ni corona imperial, ni bajo palio suntuoso, ni debajo de dosel de estado", éstos serían añadidos a partir del siglo XVII.

A comienzos del siglo XVII eran tantas las cofradías que salían, aunque muchas de ellas con escasas posibilidades, y tales los desórdenes que ello causaba en cuanto a la prelación en el paso por las calles, que se decreta la reducción y fusión de muchas de ellas. No obstante, la de la VERA CRUZ, por ser tan principal, no se ve afectada por ello.

El año de 1.992 fue de una especial relevancia en la historia de la Hermandad. La Confraternidad de Hermandades de la Vera Cruz celebró el I Congreso Mundial de Hermandades de la VERA CRUZ, de especial resonancia en todo el mundo cofrade. Por este motivo se custodió con gran honra en la Capilla de la Hermandad, durante la madrugada del día 22 de marzo y en permanente vela, la Reliquia del Santo Lignum Crucis del Monasterio de Santo Toribio de Liébana, depositado por S.E. el Obispo de Cantabria, que celebró solemne Eucaristía en aquella tarde.

Romualdo de Gelo

jueves, 12 de junio de 2008

Vexilla Regis


Vexilla Regis


Orígen DEL HIMNO


El himno Vexilla Regis fue compuesto en el año 569 por San Venancio Fortunato, junto con el Pange Lingua, a petición de Santa Radegunda para la recepción solemne de las reliquias de la Vera Cruz enviadas por el rey Justino II desde Bizancio.

El poeta exalta a la Cruz como bandera (vexilla) cristiana, con la que Cristo venció a Satanás, al pecado y al mundo.

La Iglesia canta el himno Vexilla Regis durante el tiempo de la Pasión y en la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz.

El texto ha sufrido algunos cambios a lo largo de los años. Por eso se puede encontrar con estrofas diferentes según las fuentes consultadas.



1. Vexilla regis prodeunt:
fulget Crucis mysterium,
quo carne carnis conditor,
suspensus est patibulo.

2. Quo vulneratus insuper
mucrone diro lanceæ,
ut nos lavaret criminae,
manavit unda sanguine.

3. Beata,cuius brachiis
sæcli pependit pretium;
statera facta est corporis
prædam tulitque tartari.

4. O Crux,ave,spes unica,
hoc passionis tempore:
auge piis justiam,
reisque dona veniam.

5. Arbor decora fulgida
ornata regis purpura,
electa digno stipite,
tam sancta membra tangere.

6. Te,fons salutis,Trinitas,
collaudet omnis spiritus;
quos per crucis mysterium
salvas fove per sæcula.
Amén.


Las banderas del Rey aparecen:
resplandece el misterio de la Cruz,
donde el creador de la carne en carne,
está suspendido en un patíbulo.

Donde herido además
por la punta terrible de la lanza,
para lavarnos de la acusación,
manó agua con sangre.

Dichosa tú, de cuyos brazos,
estuvo pendiente el rescate del mundo;
se hizo balanza de su propio cuerpo
y arrebató la presa del infierno.

Salve, oh Cruz, esperanza única,
en este tiempo de pasión:
aumenta a los justos la santidad
y a los pecadores concede el perdón.

Oh árbol bello y refulgente
hermoseado con la púrpura del Rey,
escogido del más digno tronco,
para tocar tan santos miembros.

¡Oh Trinidad, fuente de salvación!,
que todo espíritu te alabe;
a los que por el misterio de la Cruz
salvas, guárdalos del mal por siempre.
Así sea.

miércoles, 23 de mayo de 2007

Un poquito de historia (III)

Recopilación del libro "Muerte y Cofradías de Pasión en la Málaga del siglo XVIII" de D. Juan Antonio Sánchez López.

Relación de cofradías de Pasión de Málaga, en el siglo XVIII, filiales de la Archicofradía de la Vera-Cruz y Sangre.

Iglesia de San Luis el Real (Convento de San Francisco de Asís)

- Archicofradía de la Vera-Cruz y Sangre (cofradía matriz).

- Hermandad de San Juan Evangelista (filial de la Vera-Cruz. Absorción por la matriz en el s. XVIII).

- Hermandad del Santo Cristo Crucificado de la Vera-Cruz (filial de la Vera-Cruz, continuidad ignorada en el s. XVIII).

- Hermandad de la Esclavitud Dolorosa de Nuestra Señora de la Santa Vera-Cruz (filial de la Vera-Cruz, continuidad ignorada en el s. XVIII).

- Hermandad del Santo Sudario de la Vera-Cruz (filial de la Vera-Cruz).

- Cofradía de Jesús el Rico (dependiente Vera-Cruz).

miércoles, 16 de mayo de 2007

Un poquito de historia (II)

Del libro de D. Juan Antonio Sánchez López, "Muerte y Cofradías de Pasión en la Málaga del siglo XVIII".

Capítulo VI, apéndice documental. Documento nº 1

Acta fundacional de la Hermandad de San Juan Evangelista como filial de la Cofradía de la Santa Vera-Cruz (1644).

A.H.P.M. Escribanía de Manuel de Silva. Leg. núm. 1.639. Año 1644-45 s/f.

[La hermandad de San Juan Evangelista contra los mayordomos de la Vera-Cruz sita en San Francisco. Los dichos contra los hermanos de San Juan Evangelista].

En la ciudad de Málaga a diez y siete días del mes de abril de mil seiscientos y cuarenta y cuatro estando en la Iglesia de San Francisco de Asís de esta ciudad, en la capilla de la Vera-Cruz, juntos y en cabildos es a saber los hermanos Francisco Gómez y Jusepe Fornier y Matías de Cazorla, Diego Montañés, Antonio Bautista, Lucas González, Pedro Martínez, Gabril de Olivares y Feliciano de Medina, vecinos de esta ciudad, y assí juntos congregados en presencia de mí, el escribano, y testigos de yuso, confirieron y trataron entre sí, para el servicio de Dios Nuestro Señor y aumento de la santa cofradía de la Vera-Cruz, de fundar una hermandad con título y nombre de San Juan Evangelista que salga en la procesión alumbrando a dicha santa insignia el Jueves Santo de cada un año perpetuamente, para lo cual se obligaron a cumplir y guardar las condiciones y constituciones siguientes:

Primeramente, se obligan de fundar una hermandad con el dicho nombre y título de San Juan Evangelista, hasta en número de sesenta hermanos dentro de dos años, que comienzan a correr y contarse desde hoy día de la fecha, para que vayan alumbrando a dicha imagen yendo vestidos, los cual han de gozar de los beneficios y sufragios que en las constituciones de dicha santa hermandad se contienen y en las demás que más adelante se constituyeren. Habiendo tratado y conferido dichos otrogantes el elegir y nombrar mayordomos y padre de almas de esta nueva hermandad, eligieron entre sí fuesen tales mayordomos por el primero año, Matías de Cazorla y Jusepe Fornier y por padre de almas Francisco Gómez y por escribano de dicha hermandad Diego Martínez Montañés, que presentes estaban, aceptaron dichos nombramientos con las condiciones siguientes:

La primera condición que los mayordomos, padres de almas y escribano que adelanten fueren nombrados, hayan de tomar cuentas en cada un año, a los mayordomos, padre de almas y escribano que salieron de dicho cargo de la dicha hermandad.

Con condición que las treinta y nueve misas que las constituciones convienen se han de decir por los hermanos difuntos no han de ser más de treinta y cuatro con la cuerpo presente, y la cofradía de la dicha Santa Vera-Cruz haya de decir y ser obligada de decir seis misas de alma a cada uno de dichos hermanos difuntos que son cuarenta.

Y es condición que los mayordomos que son o fueren de dicha cofradía de la Vera-Cruz, dentro de ocho días de como haya muerto el tal hermano, han de entregar a el padre de ánimas de esta hermandad, carta de pago o recibo de haberse dicho misas y no habiéndolo hecho, les puede apremiar a ello el Señor Provisro que es o fuere de este obispado y otro cualquier juez que dicha causa deba conocer.

Con condición que los mayordomos de dicha cofradía les han de dar a los mayordomos de esta hermandad, todo el mes de diciembre de cada un año para siempre jamás, las bacías para pedir limosna para dicha hermandad.

Con condición que la dicha cofradía ha de entregar a esta hermandad la hechura del dicho San Juan Evangelista con sus andas y diadema de plata y los vestidos que tuviera para que esté en poder de dichos hermanos, y habiéndoseles entregados por sí, y en nombre de los demás hermanos de esta nueva hermandad. Por quien prestamos voz y caución, se obligaron a tenerlo en su poder y no lo vender, empezar ni enajenar por ninguna causa que para ello haya aunque dado caso, lo que Dios no quiera, que la tal hermandad se deshiciese; porque ha de volver a dicha cofradía con los bienes que se le entregan y prendas que constan haber recibido y estando presentes a lo susodicho Lope Rodríguez y Pedro de Páez mayordomo de la dicha cofradía de la Vera-Cruz, vecinos de esta ciudad por sí y los demás que adelante fueren para quien prestamos voz y caución, de que estarán y pasarán por lo aquí contenido y cumplirán las condiciones de suso declaradas, según y como en ellas se contiene, que dan aquí por insertas; y todos los dichos otorgantes cada una, hermandad y cofradía, por lo que toca, obligaron los bienes de ella habidos y por haber, dieron poder a las justicias de Su Majestad u otras a los que desta causa deban conocer para que les apremien a lo que dicho es, como por si la pasaba en cosa juzbada y su (...) y firmaron los (presentes).

(Signado y rubricado): Francisco Gómez, Jusepe Fornier, Matías de Cazorla, Diego Montañés, Gabriel de Olivares, Feliciano de Medina, Pedro de Páez, Lope Rodríguez, Juan Ruiz Marqués, Manuel de Silva, escribano.

miércoles, 9 de mayo de 2007

Un poquito de historia (I)

Del libro "Muerte y Cofradías de Pasión en la Málaga del siglo XVIII" de D. Juan Antonio Sánchez López. Biblioteca Popular Malagueña.

...La cofradía "gremial", de raigambre medieval, es una entidad totalmente cerrada para los no pertenecientes a la profesión, a modo de círculo con caracteres exclusivistas para sus componentes y de marcado carácter religioso, en las que "el lugar de celebración de los actos religiosos solía ser a la vez la sede habitual de reunión de los cabildos del gremio y de la cofradía. En los maestros aprobados elegían los cargos directivos y trataban asuntos de interés común". Un caso arquetípico es el que nos ofrece el gremio de plateros malagueños. En efecto, éste se hallaba constituido en torno a una cofradía gremial oficial y absoluta centrada en el culto a San Eloy, patrón de los orfebres, a la cual, de iure, estaban obligados a pertenecer. Al margen de ello, en los siglos XVII y XVIII se dio una notable agrupación de componentes del gremio, llevados por inquietudes devocionales, en torno a la Archicofradía de la Santa Vera-Cruz a la que enriquecieron, probablemente con sus trabajos "y de la que con frecuencia fueron elegidos mayordomos: ello, sin embargo, no significa que dicha cofradía tuviera carácter gremial. La documentación demuestra que la Hermandad de la Vera-Cruz era abierta y tenía por motivaciones principales las procesiones de Pasión y las prácticas de piedad, caridad y sepultura de sus hermanos". De aquí será fácil deducir, pues, que la confusión entre cofradía gremial y cofradía de Pasión aglutinante de un porcentaje elevado de profesionales de un gremio, se debe, substancialmente, a una coincidencia entre las activiades de asistencia....